María del jazz y del barrio

El ejercicio musical puede comprender las más diversas experiencias de vida. Familia, amistades, pintura, dibujo, danza, religión, gimnasia, motocicletas, pueden ser circunstancias esenciales, insustituibles, para asumir la música como componente de la vida misma. ¿Un ejemplo concreto? La calificada voz de María Rivas, descubriéndonos hoy algo de su muy particular experiencia de ser artista.

por Federico Pacanins

Mi nombre es María Asunción Rivas Castro. Cuando comencé a pintar firmaba MAR; después, cuando le tocó al canto, llegó el María Rivas, nombre de caraqueña nacida en la Parroquia La Candelaria.

Desde chiquita tuve los anhelos y las expectativas de ser pintora y también cantante. Uno de mis sueños a los 13 años era actuar o con Sergio Méndez o con el maestro Aldemaro Romero. Con Aldemaro el sueño se cumplió, con Sergio tengo la deuda pendiente. Debo mencionar, además, otras motivaciones familiares: mi padre era un hombre mayor -yo era casi una nieta para él, un oriental de Caicara de Maturín con gusto, muy de melómano, por enseñarme la música americana, la mexicana, la rusa; desde lo clásico hasta lo contemporáneo.

También gustaba de la pintura; leía Azorín, Lope de Vega, le encantaba estimular ese enamoramiento hacia las artes que mi mamá, una gallega de La Coruña, muy femenina, coqueta, no se negaba en complementar.

Será entonces que en mí se dio una fusión muy interesante globalizada a través de lo que soy y pienso.

Le debo a mis padres parte de la inspiración animada con experiencias que ellos mismos permitieron; como por ejemplo ser alumna de Pascual Navarro, un ilustre pintor venezolano quien llevaba en su espíritu siempre esa onda libre, moderna, francesa que yo captaba a los 8 ó 10 años, cuando fui su alumna tres veces por semana. Él vivía en Sabana Grande -en la calle que hoy lleva su nombre- y yo en Los Caobos.

A veces el maestro se comprometía a llevarme a la casa cuando terminábamos la clase, pero antes pasábamos a visitar sus amigas francesas. Esa experiencia complementaria me motivaba muchísimo porque todo en ese hombre, hasta sus piropos, era arte: ‘¿Cómo está mi niñita? Si ya no parece una niña, ahora parece un Renoir...

¿Quién fuera el aeropuerto que tienes en tu cuerpo para aterrizar?’.

Una pobre voz blanca

A los 12 años, principios de los 70, me vuelvo señorita; también me da por ser un poco rebelde. No más gimnasia olímpica ni saltos ornamentales en la Universidad Central de Venezuela; nada de ir a clases con Pascual. Quería pintar por mi cuenta en óleo, estudiar dibujo técnico y publicitario, luego de graduarme de bachiller en el colegio La Consolación y, de paso, cantar.

Luchaba siempre por mantenerme delgada; tenía una obsesión estética. Quise entrar, recuerdo, en el Conservatorio Landaeta, pero un profesor de canto, tenor lírico español, me rechazó por tener, según él, ‘una pobre voz blanca’. ‘Si quereis, podeis estudiar música, pero jamás seréis vocalista...’, eso dijo el profesor y estuve como un mes deprimida, hasta que Marisol, una gran amiga, me cuenta un sueño: ‘soñé que tú estabas cantando y que tenías un vestido negro. Además, había mucha gente aplaudiéndote. No sé, yo creo que tú vas a ser cantante’.

Me levantó el espíritu la premonición de Marisol, porque en esos días había un concurso de Radio Capital y, justamente, tenía pensado presentarme con el vestido negro del sueño de la amiga.

Canto ‘Así eres tú’ de Aldemaro Romero, pero gana el concurso Doris Hernández : 202 puntos para ella, 201 para mí.

La época era muy fashion, me gustaba mucho inventar. Cosía mi propia ropa.

Estaba de moda agarrar un blue jeans y convertirlo en falda; yo era experta en hacer ese tipo de cosas. En esa onda descubro a Bárbra Streisand y me invento una forma de estudio donde yo cantaba con su cassette. Me acostaba con los audífonos, investigaba dónde respiraba la Streisand; retrocedía, la volvía a poner. Después trataba sola o doblaba encima de ella. Sentía la potencia, llegaba a los tonos altos; poco a poco podía utilizar sus vibratos. Buscaba un rincón de la casa, entre dos paredes, parada de frente como a 20 centímetros, cerraba los ojos para sentir una especie de audífono gigante y escucharme...

La...laaa..la..lara.... Pura intuición que acompañaba con ejercicios de yoga; mucho del mundo de la filosofía Oriental, pero a la vez con un sabor a Cristo, que combinaba con el canto (¡!).

Duré haciendo eso desde los 17 años como hasta los 24, que es cuando viene lo de cantar de noche como profesional.

Dibujo y canto

A los 19 años me casé con un fotógrafo y tuve a mi hijo. Trabajaba en publicidad, como diseñadora gráfica y dibujante tuve escuela práctica en el departamento de diseño de Sears. Pasó el tiempo y un día de 1984 llega a casa Alexander Berti, contrabajista del mundo nocturno caraqueño, a proponer un trío con el cual comenzamos lo del jazz.

Para entonces no hablaba inglés. En las presentaciones nocturnas del Gala improvisaba hasta el idioma. ‘Misty’ era: ‘Look at me... dubidubidubidui....’.

Puro invento que hacía a algún señor aficionado opinar: ‘No entendí nada, pero cantas muy bien en inglés’. Luego iba a visitar el Juan Sebastián Bar, a encontrarme con Oscar Maggi, maestro pianista, a quien le debo mucho por haberme respetado como intérprete; es como un padrino musical.

Comencé a ganar dinero como profesional, me iba mejor que trabajando de dibujante. Fui dejando la pintura, el dibujo; volví a la Gimnasia Olímpica, al Yoga uno como que hace yoga cantando; tienes la consciencia de la respiración y la visualización de la voz -. Total, me convencí de mi destino como vocalista.

Le Cardiú y Elis Regina motorizada

Tuve mucha empatía con Danilo Aponte, contrabajista lamentablemente fallecido en un accidente de tránsito.

Un día Danilo me invita a un trío con Silvano Monasterios y Gustavo Calle ‘Le Cardiú’- de imagen muy elitesca y ajustada a mi búsqueda de modelos a seguir. Fue entonces cuando oí a Elis Regina y se me dispararon los tapones.

Sentí en ella cómo el vibrato no era tan necesario al cantar -a veces yo vibraba demasiado, como debía tratar de dar mas dinámica, usar líneas suaves.

Había la sutileza brasilera de Astrud Gilberto, pero con pasión y locura latina que me inspiraron un homenaje que luego realicé con la ayuda del pianista Víctor Mestas.

El trabajo me obligaba a movilizarme todo el día de aquí para allá; por eso compré una moto y empecé a manejarla. El 27 de febrero de 1987, sufrí un accidente.

Estuve tres meses en una cama donde retorné a la pintura y el dibujo con la intención de buscar un estilo paralelo al canto. Pintaba escuchando jazz. Me recuperaba con la ayuda del arte, de las reflexiones -cuando tú tienes un accidente en donde estás a punto de morir, tu vida cambia, se centra, tomas conciencia muy seria de tu profesión, y de amigos especiales que incluían un visitante nocturno muy amado: ni más ni menos, Aldemaro Romero con quien desde entonces he tenido la inmensa suerte de trabajar.

Volví queriendo hacer bien mi trabajo, lo único que tenía para pagar la operación.

En las noches iba al ‘Copas y algo más’ a cantar en muletas y mensualmente llevaba un cheque a la clínica.

Una de esas noches, esperando al bajista, llega un suplente que de paso viene a ser suplente del suplente. ¿Quién es?, ¿qué toca? Tiene un bajo Fender; dice que lo hace bien, que no hay rollo. Este tipo es como colombiano -me digo, ¿más bien andino? ¿será uno que se llama Miguel..?. En ese momento interpretan un instrumental que suena como el cielo. Siento mariposas en el estómago.

El bajista mira y mira ¡qué cosa tan bella! Es Miguel Chacón quien toca, me estremece y enamora totalmente. Después del accidente la vida tenía otro enfoque, como una esperanza apoyada por este nuevo compañero, mi esposo actual.

Influencias

Mi cultura viene de muchas partes.

Soy la generación de los Bee Gees, de Génesis, de escuchar ‘Escalera del cielo’. También tengo lo que es del barrio; ese mundo de motorizados al cual pertenecí -me decían La Catira, de la salsa brava, amigos míos, panísimas a quienes dediqué la canción con que me dí a conocer popularmente.

Me llevo bien con la gente humilde de Caracas; me gusta mucho San Agustín, Cotiza, la Bombilla de Petare; no sé, hay algo bonito, siento allí la química necesaria para generar el acto artístico. Algo parecido a la vez que estando en terapia de rehabilitación en Capaya, oigo los tambores barloventeños de San Juan, y me viene el Manduco que luego arregla Gilberto Simoza y grabo con éxito. O de cuando, en una larga estadía en Aruba confirmé el estilo, trabajé a fondo el jazz, la música brasileña, los experimentos de música latina que luego me sirvieron para realizar la magnífica experiencia del disco con el maestro Alberto Naranjo el propio ‘Swing con son’.

Pronto, en compañía de Miguel Chacón, ofreceré una grabación de atmósfera ‘World Music’ donde sigo dibujando con la voz y con los pinceles. Digamos que cierro los ojos, trazo colores sobre la base musical y continúo improvisando hacia adelante, como siempre he hecho”.

Fuente: El Mundo (Venezuela)